(...) Una vez más, la vio romper
el día con su cabello flotando entre la luz
color durazno, mientras el horizonte incontenible se sonroja. Imaginó
dejar un beso sobre la brisa y rogó
floreciera el cerezo sobre sus labios. La había visto días atrás caminar sobre
la arena y apretar la mano vacía, en más de una ocasión miró como su presencia
limpiaba lo áspero del mundo. Caminaba tras ella para sentir sobre sus ojos los
pasos dejados en la arena, en su iris se adentraba su figura, como lo hace la
moneda arrojada al pozo por un deseo,
igual a una semilla germinando bajo la tierra, sus pupilas florecían. Su parpadeo
la besaba con la mirada. Llegaba la
oscuridad a vestir su ausencia. En las noches de insomnio, el gorrión no dejaba
de cantar bajo su pecho, habían tantos
sueños que no recordaba, pero que sin duda lucían como ella. Su imagen le
pintaba el pensamiento para sostenerlo en su luz. Preguntas lo aguardaban, sobre el equilibrio
perfecto de las olas. A qué sabe su aroma? Por qué su figura la quiero tocar?
La música transpirada de su piel vainilla le desnudaba el alma, aún sin conocerla desde siempre la extrañaba.
Ilusiones lo asaltaban a cada instante, peticiones en secreto la buscaban,
“llueve, llueve sobre mí, toda tú lluéveme, que tu blancura caiga a gotas de
estrella sobre el manto celeste, que mis poros beberte quieren, lléname de esa
esencia tuya hasta derramarme sobre ti” y así gastaba su aliento, una a
una clamaban sus silenciosas
pretensiones. A la mañana siguiente caminó sobre la falda del mar, escribiendo
su nombre Violeta sobre la espuma de las olas que se alzan perpetuas intentando
tocar el sol, como él. En un pensamiento fugaz, desvistió lentamente sus venas,
la tinta esférica caía sin duda como los pétalos, sólo para sentir el reflejo
de su sonrisa sobre el agua al limpiar su camino, con su sangre repitió por
siempre la búsqueda, el susurro y la caricia tras su andar (...)
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